A más de ciento sesenta años de su instauración sigue todavía en uso el cementerio de La Almudena, morada final de miles de extintos y, últimamente, escenario de suntuosas representaciones artísticas; esto, bajo el influjo del cine norteamericano de terror. Ver la fachada del panteón, así en el estilo neoclásico español, con sus columnas corintias y su portón de hierro forjado, nos induce a musitar los añejos versos de Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos/que van a dar a la mar/que es el morir”. Pero, además, su nombre: Almudena –proveniente del vocablo árabe al-mudayna, ‘la ciudadela’─ nos remite a la Virgen de la Almudena, Patrona de Madrid, cuya aparición se remonta aún a la Edad Media, cuando godos y moros guerreaban bajo estandartes religiosos opuestos.

Muy distante de ese relato bélico, el cementerio cusqueño tiene una tradición decorosa y localizada, propia de las instituciones de nuestro periodo republicano. Estaría más bien en la historia por contar ─con un enfoque más profano que escolástico─ acerca de los cementerios americanos y sus significados en la vida y la evolución social de sus respectivas ciudades. Se me vienen a la mente los casos de los panteones de La Recoleta de Buenos Aires, El Presbítero Maestro de Lima y el Cementerio General de La Paz, establecimientos funerarios de indiscutible renombre en la tradición necrológica de nuestros países.

El cementerio de La Almudena es, empero, pequeño en comparación con los tres señalados. Es menos faraónico y ostentoso, pero al igual que los otros pueden constituirse en el espejo fúnebre del proceso social, económico y cultural de la ciudad, cuyo relato histórico se ve reflejado también en sus tumbas, pináculos y cruces. Aquí late una narratividad secreta a la espera de la pluma que le daría la debida proyección surrealista y que ampliaría el horizonte de nuestras referencias. Ahí está, para ejemplo, Umberto Eco, con su libro El cementerio de Praga, quien nos confirma que los mausoleos, nichos, epitafios, mármoles, estelas, catafalcos, lápidas y esculturas tanáticas constituyen todo un universo de signos, dispuesto a contarnos vidas, gestas, tiempos, tragedias, ficciones, apogeos y decadencias.

Un primer rasgo de los cementerios denominados históricos, es que denotan la estratificación social de la sociedad humana. Resulta notoria esa diferenciación hasta en el descanso perpetuo. Los monumentos funerarios del Presbítero Maestro, La Recoleta y del Cementerio General de La Paz dan un testimonio evidente de los linajes que se sucedieron en el manejo del poder político y el dominio económico en sus respectivas sociedades.

Acatando esa tradición, las familias oligárquicas tuvieron el privilegio de hacerse de espléndidos mausoleos, con ángeles de mármol y cruces de metal que les velan el sueño eterno. Los estratos populares, en cambio, se limitaron al uso de nichos modestos y tumbas terrosas, con riesgo de ser expulsados en caso de “morosidad” post mortem. Los huesos de un sastre sepultado en 1930, pongamos por caso, pueden ser sacados de su nicho, luego incinerados y esparcidos al viento, pero ¿quién se atrevería a destruir la cripta de un barón del azúcar para descongestionar el Presbítero Maestro? Nadie. Porque, además, su mausoleo constituye parte esencial de la belleza arquitectónica del cementerio.

Los gringos ─que son prácticos hasta en los asuntos necrológicos─ resolvieron el tema de la diferenciación social en la muerte de una manera simple y tajante: en los estados más racistas instituyeron dos clases de cementerios: uno solo para blancos y otro destinado para negros y chicanos. Un periodista italiano, sorprendido por esta segregación kafkiana, le preguntó al presidente Barack Obama: “¿En cuál de los dos será enterrado usted cuando muera?” “En ninguno ─respondió el mandatario─ voy a disponer en mi testamento que se incinere mi cuerpo”.

Los franceses, en cambio, fieles a los postulados de la revolución de 1789, tienen una concepción verdaderamente igualitaria de la muerte. O si no, vea usted el caso del cementerio de Montparnasse, en París. El cholo César Vallejo, el gaucho Julio Cortázar y el chicano Carlos Fuentes ─vecinos en la muerte─ comparten el barrio fúnebre con la crema de la cultura universal de los tiempos modernos: Charles Baudelaire, Samuel Beckett, Jean Paul Sartre, Tristán Tzara, Julio Ruelas y Simone de Beauvoir, entre otros. Esto sí que constituye una pauta de equidad, digna del pensamiento de Jean-Jacques Rousseau.

Volviendo al caso de La Almudena del Cusco, este cementerio, al igual que los otros nombrados, hace mucho que ya es una leyenda urbana. Al margen de sus relatos de aparecidos y de que se le declaró Patrimonio Cultural de la Nación, es el calidoscopio local que genera reflejos de la ciudad republicana y de la vida de sus gentes. Ahí reposan, por ejemplo, muchos de los soldados de los batallones cusqueños que pelearon en las batallas de San Francisco, Tarapacá, Tacna y Arica; ahí descansan los intelectuales indigenistas que preconizaron el discurso social más brillante de su tiempo, entre ellos Clorinda Matto de Turner, José Uriel García y Humberto Vidal Unda. En fin, allí están los actores de los eventos políticos, culturales y sociales de una urbe que fue siempre contestataria al centralismo limeño.

Con todo ello, quiero decir que La Almudena ya es un museo histórico y como tal debe cerrarse como cementerio de uso cotidiano. Pero, además, debe clausurársele por otra razón importantísima: por cuestión de salubridad pública. Es un foco de infección permanente, con graves secuelas en la salud de miles de cusqueños, particularmente en los amplios y poblados barrios que lo rodean. Su fetidez contaminante no debería generar más difuntos y entierros. Ya no más.

(Foto: Diario Correo Cusco)

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here