Armando Guevara Ochoa falleció a inicios de este año. Hoy, en algún recodo de la eternidad, debe estar escuchando los acordes del gran clavicordio astral. El año pasado expiró el cineasta Luis Figueroa Yábar y antes se fueron otros de esa generación: el fotógrafo Eulogio Nishiyama, el poeta Gustavo Pérez Ocampo y el narrador Rubén Sueldo Guevara, por citar algunas personalidades. Ellos pertenecieron a la generación cusqueña del cincuenta y, ciertamente, son referentes que deberíamos tomar en cuenta para esbozar nuestros proyectos individuales y colectivos.

Los de la Generación del Cincuenta desplegaron una labor fecunda en literatura, artes plásticas, música, cine y también en el orden político. Tal denominación se ha hecho más usual para Lima, donde la Generación del Cincuenta tiene los nombres cimeros de Manuel Scorza, Alejandro Romualdo, Fernando de Szyszlo, Sebastián Salazar Bondy, Armando Robles Godoy, Pablo Guevara y Jorge Eduardo Eielson, entre otros. El renombrado escritor Miguel Gutiérrez les dedicó un ensayo sugerente: Generación del 50: un mundo dividido, libro incisivo que resalta un rasgo esencial de aquellos intelectuales: su compromiso con los principios de justicia y solidaridad social, en un instante de grandes definiciones políticas.

Estaba fresco, en ese entonces, el recuerdo de la segunda guerra mundial, era reciente la derrota del fascismo en Alemania e Italia, inquietante la construcción del socialismo en la URSS, y una cicatriz: el ascenso del franquismo en España; esto, en el orden internacional. En el ámbito nacional se vivía el oscuro periodo del odriismo, con un sucesor potentado en el poder: Manuel Prado Ugarteche. Era la década de las grandes migraciones del campo a la ciudad, particularmente a Lima, donde los proyectos de expansión urbana requerían de una cuantiosa mano de obra. La afluencia masiva de provincianos daría origen al surgimiento de las grandes barriadas, fenómeno que, unido a otros factores sociales y económicos, cambiaría radicalmente el rostro de Lima.

Ciñéndonos a Cusco, la Generación del Cincuenta tuvo los mismos paradigmas que sus pares de Lima, pero con las particularidades y diferencias que establece la dicotomía capital/provincia. En el plano regional hubo, por esa década, una efervescencia política singular. Organizaciones como el Partido Comunista y el APRA se disputaban el control de los espacios sociales y el liderazgo del movimiento popular. Es memorable la toma del Cusco, en 1958, por un incontenible “desborde de masas”, a cuya cabeza estuvo Emiliano Huamantica, carismático líder obrero. Este episodio pertenece a la historia de las gestas populares y ha sido objeto de frecuentes remisiones en las décadas posteriores. Federico García Hurtado lo recreó con vistosas pinceladas en su novela El paraíso del diablo.

En esa atmósfera social hubo en el Cusco un florecimiento cultural intenso. En 1950, Armando Guevara Ochoa hizo resonar su Tragedia del Cusco (obra inspirada en el terremoto de ese 31 de mayo). También en 1950 sale el primer número de Tradición, revista dirigida por Efraín Morote Best. En 1955, Eulogio Nishiyama y sus compañeros fundan el Cine Club Cusco, que después filmará Kukuli (1961). En 1958, Gustavo Pérez Ocampo publica Plural desvelo, su quinto poemario. Finalmente, en 1958 y 1959 Rubén Sueldo Guevara lanza dos libros sucesivos: Narradores cusqueños y Poetas cusqueños. En fin, en esa década, voces como las de Luis Nieto Miranda, Andrés Alencastre y Julio Gutiérrez Loaiza (de una generación anterior) se dejan oír con inflexión solidaria, además de que los discursos de José Uriel García y Luis E. Valcárcel (fervorosos paladines del indigenismo) siguieron definiendo el signo contestatario del debate público.

Hoy es pertinente recordar a aquella generación, en la figura de Armando Guevara Ochoa, exponente cimero de la música peruana contemporánea. El reto para los nuevos oficiantes de ese arte sería afianzar lo que él hizo: globalizar la música andina (de filiación cusqueña) y equipararla con la vasta tradición musical europea. En ese afán, el maestro dio a escuchar sus sinfonías en auditorios como el Royal Albert Hall y Canning House de Londres, Sala Tchaikovsky de Moscú, Teatro Imperial de Roma, Carnagie Hall de Nueva York, Palacio de Bellas Artes de México y Teatro Shanghái de Pekín, entre otros. Titánica labor la suya, se diría: toda una vida entregada a la causa del arte. ¿Habrá hoy, alguien capaz de asumir su continuidad?

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