Más que sus obras de arte que muestran el sincretismo de visiones y cosmovisiones, Edwin Chávez es un referente de lo que es el arte y la cultura del Cusco. Como siempre, como muchos, invadimos nuevamente su espacio no tan privado, grabadora y cámara en mano.

“Nuestra cultura no ha muerto, sigue viva, pero debemos tener cuidado con folklorismos y turisquismos. A veces pareciera que nuestra cultura va respondiendo a los gustos del turista”.

Háblame de ti Edwin, sé que pocas veces lo haces.
Nací en Cusco en octubre de 1952. Estudié en el colegio Inca Garcilaso de la Vega.
Cuando mi padre me preguntó qué quería estudiar, no supe qué responder; viajar, le dije, y felizmente entendió. Y me fui de viaje a conocer medio Perú, como ayudante de camión, tomando carros en la ruta, experimentando. Salir de casa era como probarme a mí mismo. De ahí me proyecté a estudiar bellas artes. Más o menos parecía un punto cercano, no estoy satisfecho, pero ahí está. Tengo un bachillerato ahí, después me fui a Estados Unidos a trabajar con mi hermano en un proyecto arqueológico. Durante tres años dibujé miles de piezas, tomé cursos, visité museos, conocí el lugar. Después me regrese por Ecuador. Siempre quise conocer la otra parte del Perú; eso fue lindo también.

¿Puedes hablarnos de tu familia?
Claro, mi padre es el arqueólogo Manuel Chávez Ballón, pero más que arqueólogo fue un gran pedagogo. Creo que aporto mucho a la cultura cusqueña. Mi madre, Martha Farfán, de familia cusqueña, es ella quien me enseñó la profunda sensibilidad a la naturaleza. Somos cuatro hermanos, tres varones y una mujer.

¿Crees que tu padre ha influido en tu decisión de hacer arte?
Definitivamente. Yo siempre he estado detrás de mi padre, expuesto a las imágenes de todas las culturas precolombinas. Mi padre dibujaba. Hacía reproducciones pensando en sus alumnos, buscaba siempre la manera más didáctica y pedagógica de enseñar e infundir el amor por lo nuestro. Así que estaba en un ambiente de arte, de imágenes, de historia y empecé a copiar, a hacer lo que él hacía. Ah, pero también estaba mi hermano mayor, Sergio, con su afán curioso de investigador.

(Foto: Hannah Rae)

¿Qué significa para ti haber nacido en el Cusco?
Creo que el Qosqo o el Cusco es cualquier lugar del mundo, porque cualquier lugar puede ser el centro del mundo. Yo creo que esta tierra me ha dado ese sentido de ser universal. Creo que eso es lo que siento por el Cusco, que puedo ser universal desde acá, sin negar mi origen, mi cultura, ni negando las otras culturas. El Cusco tiene la capacidad de absorber otras culturas, tiene ese espíritu, aquí siempre se hablaron muchas lenguas como lo cuenta Garcilaso, y ahora también volvemos a hablar muchos idiomas. Donde hay un ser está el centro del mundo, todo microcosmos se relaciona con el macrocosmos y eso es el Qosqo, el ombligo del mundo es todos los lugares del mundo, no como Lima que puede ser un punto importante, pero no puede pretender ser el centro de todo.

Para conocer el proceso creativo de tu trabajo, ¿qué otras influencias tuviste en tus inicios como artista?
Siempre estuvo el hecho de plantearse el indigenismo como referente. Don Mariano Fuentes Lira era director de la escuela, reconozco su enorme influencia; también recuerdo al profesor Edgar Torres Calderón, él me orientó mucho sobre cómo desarrollar lo nuestro con creatividad y con contemporaneidad. Esas serían algunas influencias que reconozco en mi trabajo, pero del proceso, como te digo, el indigenismo.

Y, ¿en qué estás ahora, Edwin?
Ahora estoy en lo que es el arte conceptual, donde lo importante es el proceso. Estoy enfatizando la relación entre ecofacto y artefacto, entre la cosa hecha por el ser humano y la cosa natural; encajando, encontrándose, volviendo a encontrar; mucho se ha separado entre lo artificial, lo natural y lo que es el arte, artificio y sus derivados más culturales, lo que estoy tratando es que se vuelvan a encontrar.

Esta casa donde vives es un espacio de encuentro de muchos, nos invita a participar, visitarte, fusionarnos con la cultura. ¿Qué es tu casa Edwin?
Bueno, esta es una herencia de mis abuelos maternos, siempre nos hemos preguntado ¿qué es patrimonio y qué hacemos con el patrimonio?, ¿lo transformamos, lo volvemos otra cosa, un negocio, o entendemos qué es lo que hemos heredado? El término “patrimonio” es lo que heredamos del padre, que debe estar conjuncionado con “matrimonio” lo que heredamos de la madre. Entendiendo que la tradición no se congela, que está en permanente transformación, tenemos en este espacio, en esta casa, un elemento básico, es la celebración del niño Sara Wawa.

¿Es una de las actividades que se hacen dentro de esta casa?
Si, tenía dos imágenes de Jesús, de Cristo niño, uno sentadito y otro paradito; y siempre me parecía inusual porque no tenía al niño echado, y entendiendo un trabajo que hizo el antropólogo Percy Paz, en una comunidad que había establecido la relación del niño de Praga con el maíz: el niño que está echadito era el maíz que está recién creciendo; el niño medio parado, apoyándose en el codo, era el maíz ya asentándose; y el niño parado, el “sayaq niño”, el maíz ya maduro. Entonces, luego de informarnos que en otros lugares existe el “niño Huayna Ccápac”, el “niño Pampa Q’ehuar”, el niño de Ayacucho que se pierde “chincaq niño”, asumimos esa tarea de recuperar y fortalecer la parte andina. Tenemos con mucho peso la parte solamente cristiana, entonces, estamos recuperando, pero también continuando, elaborando, entendiendo que somos partícipes de esa fusión entre lo occidental y lo andino, que somos varias culturas, varias formas de pensar, de sentir que podemos convivir y entendernos con más razón en estos tiempos de cambio. Con este motivo tenemos esta celebración del Sara Wawa. Tenemos siete años haciéndolo, preparamos la chicha y nos reunimos muchos a su alrededor. Esta fiesta es motivo para recordar lo que hicimos durante el año, en alimentación, en arte, en todo; eso está más allá de lo que es arte: es cultura.

(Foto: Hannah Rae)

¿Qué piensas acerca de ese supuesto cambio de era que estaríamos viviendo?
Cumplimos un ciclo de 22 o 23 mil años que es un retorno. Los pueblos antiguos tenían ese concepto. Con el racionalismo occidental hemos perdido esa sensibilidad y ahora con estas crisis modernas. Ahí está la conexión y creo que somos privilegiados de que nuestra cultura no ha muerto, sigue viva, pero debemos tener cuidado con folklorismos y turisquismos. A veces pareciera que nuestra cultura va respondiendo a los gustos del turista; si al turista le gusta, muy bien, nuestra cultura vale; pero si no le gusta, que pena, no vale nada.

Sabemos que el turismo es lo que sostiene al Cusco, es la principal actividad económica, eso lo tenemos claro. Pero tenemos que trabajarla y entenderla con responsabilidad para sacar provecho de ella; pero no para que perdamos nuestra personalidad. Creo que desde lo andino se pueden dar respuestas mundiales, sin que suene a vanidad ni chauvinismo.

¿Entonces, esa sensibilidad ancestral de la que hablas, está presente en tu trabajo creativo, eso te inspira?
Yo creo que eso está acá, en nosotros, en nuestro corazón en el uti, en el utinaya, en el sentir y el pensar, en ese acto de sentir y pensar al mismo tiempo, en esos dos hechos juntos. Eso es el uti, utinaya en quechua. Eso te ayuda a desarrollar en todos los niveles, no puedes separar la razón del corazón, la ciencia del arte, cada uno con su dicotomía, cada uno con sus valores. Tener la capacidad de contemplar, tener el espacio y el tiempo de contemplar con la emoción y la razón, eso hace que uno pueda imaginar y crear.

Edwin, ¿estás feliz, estás contento con el trabajo que haces hasta ahora?
Sí, claro, hay ciertas cosas que a uno desanima, pero sí, yo creo que esa cuestión de tener voluntad es lo más parecido al amor y eso hay que cultivar.

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