Lejos han quedado los días de la dulce costumbre de arreglar, remendar, zurcir, continuar la vida de las cosas. Las nuevas generaciones tal vez nunca conozcan las manos de esos hombres y mujeres que, en sus talleres de barrio, esos espacios mágicos en vías de extinción, tenían por oficio el darle vida nueva a los objetos para que sirvieran una y otra vez, hasta volverse parte del paisaje interior y de los recuerdos.

Lejos los días en que la ropa iba de hermano en hermano como dulce herencia que refrendaba la fraternidad; lejos el sentido de hacer las cosas por propia mano, de entender la esencia de las cosas desde su historia más íntima.

La llamada sociedad de consumo en América Latina, nos llegó un poco tarde. Es una “novedad” de los últimos 30 años. Eso nos permite aún a muchos tener la legítima nostalgia de otra época más benévola en relación con la tenencia de las cosas.

Sin embargo, comprar, tirar, comprar, es el círculo vicioso de la dinámica creciente mundial desde que, en 1920, la producción en masa fue un hecho y el acceso a los bienes de consumo fue más amplio y, no obstante, para la lógica mercantil, insuficiente.

Pronto los fabricantes y comerciantes se dieron cuenta de que no eran rentables los objetos de larga vida.

La depresión económica de 1929, llevó a un replanteamiento profundo de las reglas de mercado. Los teóricos y analistas de la época no se hicieron esperar, entre ellos Bernard London, quien culpabiliza de la depresión económica mundial a los consumidores que desobedecen “la ley de caducidad” usando “sus coches viejos, radios viejas y ropa vieja mucho más de lo que los estadistas habían esperado”.

London propuso por primera vez “acabar con la depresión a través de la obsolescencia programada”, como una medida obligatoria, poniendo fecha de caducidad a los productos, lo que animaría el consumo y la necesidad de producir mercancías.

En sí, el concepto obsolescencia programada, se refiere a la lógica de acortar la vida de las cosas como medio para el aumento de las ventas. Es decir, que todo producto deba ser reemplazarlo en el plazo más corto.

Mas no fue necesario que fuese una ley con obligatoriedad. En 1950, Brooks Stevens, uno de los diseñadores más influyentes del Siglo XX, conceptualizó el consumo desde el modo de vida americano: la seducción de los consumidores desde la libertad de escoger y el consumo ilimitado. O, como él mismo pregonara: crear un consumidor insatisfecho, que siempre esté deseante de un nuevo, bonito y último modelo.

La visión de London y Stevens se impuso. La sociedad de consumo es una realidad dolorosamente latente y, así, la producción sin límites, la publicidad, la obsolescencia programada y el crédito, son ejes del “desarrollo económico” que condena a la miseria a la inmensa mayoría de la población y a la extinción de un mundo con recursos renovables limitados.

Este concepto, que se volvió el motor secreto de la sociedad de consumo, ha sido vértice para esa loca carrera que ha convertido a la humanidad en sociedad de despilfarro.

Cada producto que se vuelve obsoleto, supone contaminación. Es un evidente problema del actual sistema de producción y económico: no se ajusta en absoluto a la armonía y equilibrio de nuestra propia naturaleza.

En la actualidad, la obsolescencia programada es enseñada como materia obligatoria en las facultades de ingeniería y diseño, bajo el eufemismo de “Ciclo de vida del producto”.

Alguna vez en Cusco, alguien me enseñó que en los Andes todo objeto utilitario debía regirse a la ética y la estética. La conservación o la vuelta a estos principios, abren un camino de entendimiento que como humanidad debemos emprender de vuelta.

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