Reviviendo un viejo debate

Pasaron 90 años para que aquel día el tiempo tomara la palabra final y decidiera, antes que los cusqueños de la generación de los 60, la caída del monumento del “piel roja” que se erguía tristemente en el corazón del Cusco. El 14 de setiembre de 1969, Alfonsina Barrionuevo, en un reportaje para la revista dominical del diario Expreso, cuenta que la gente agradeció al tiempo por haber traído a tierra esta paradoja hecha monumento. “Una estatua ajena a su majestad, a su tradición y a su historia, que era como una paradoja plantada en el mismo corazón del Cusco, en una plaza llena de glorias, estremecida de acentos épicos, donde asentó su poder un Imperio donde gobernaban hombres y dioses en la más grandiosa de sus épocas”, decía la hoy reconocida investigadora cusqueña.

Para Alfonsina Barrionuevo, quien había ganado con este desmoronamiento fue la propia Plaza de Armas, y se inició en el Cusco de los finales de los 60 un ardoroso debate sobre quién debería suceder al controvertido monumento de la piel roja. El tiempo, para la periodista cusqueña, había hecho lo que le faltó en coraje y gallardía a los cusqueños; debía redondear su obra colocando a quien sí debía estar ahí, el “indio alzado”: Túpac Amaru II.
Reconocidas personalidades de entonces como Luis E. Valcárcel opinaban igual y él decía que el único problema era el encontrar un escultor que logrará representar y dar forma “al gran cacique como libertad, como esperanza, como espíritu de lucha”. El ilustre historiador de algo sí estaba convencido, de que la obra debía ser hecha en piedra.

Este debate también hizo pensar en la estética misma de la Plaza, Barrionuevo decía: “Se deben quitar los jardincillos y el cemento como indica el Dr. Luis E. Valcárcel, para hacer una Plaza de Piedra que concuerde con el Cusco y poner en el monumento del héroe, la tierra de todas las naciones americanas como un símbolo de la reintegración y como la respuesta que siempre se esperó al verdugo Areche”.

Finalmente, estos argumentos no fueron suficientes para convencer a quienes tenían finalmente el poder de decidir sobre el futuro de la Plaza de Armas. En señal de homenaje a los mártires de la Revolución, en el lugar en el que fue descuartizado se colocó una placa y la marca de una cruz con piedras; pero no un monumento.

Hoy, a casi 50 años, revive este debate en la histórica ciudad del Cusco, volviendo a la memoria el recuerdo del tristemente célebre “piel roja”, gracias a que el mismo lugar fue ocupado, para sorpresa de todos, por otro monumento, esta vez el de un “Inca”, anónimo, también anacrónico y de manera inconsulta, como en aquellos tiempos en que el monumento del “piel roja” por error dicen que llego desde México y fue colocado en la plaza cusqueña.

Son comunes estos debates en las sociedades contemporáneas, definir qué monumentos deben ir en nuestros espacios públicos conlleva pugnas de poder, de intereses, pero también pugnas de memorias. ¿Qué queremos recordar las sociedades?, ¿qué queremos olvidar? y ¿cómo representarlos?, ¿podemos generar consensos? Estos monumentos no son más que intentos o marcas de memorias.

En nuestra ciudad, nuestras marcas de memoria siempre han traídos tensiones y nos hemos encontrado desde los más pintorescos monumentos hasta los más apreciados. Sin duda, no podremos olvidar al ilustre alcalde Daniel Estrada que tuvo como premisa central de su gobierno la necesidad de plasmar en nuestra ciudad marcas de memoria, para recordar, en cada pileta, en cada monumento o edificación el origen Inca de la ciudad ombligo del mundo.

Hoy en día (en otros países) para evitar estas tensiones de representación de la memoria histórica se involucra a la ciudadanía en estos procesos, se conforman comisiones especiales que definen los contenidos y mensajes, los espacios y, sobre todo, el para qué y para quiénes se representará esta memoria. El Inca de la Plaza de armas del Cusco, es solo una muestra. Un paseo por las capitales de distrito del Cusco, nos permitirá ver una sorprendente variedad de esculturas y monumentos algunos sin significación relevante o simplemente autorretratos.

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